Hace hoy 66 días desde que la comunidad científica recibió una inundación de datos sin parangón en la historia. El pasado 14 de Septiembre, la Agencia Europea del Espacio publicó el primer catálogo estelar de la sonda espacial GAIA. Un catálogo que tiene información del 1% de las estrellas de la galaxia. Un 1% puede parecer poco, pero traducido a cantidades absolutas supone la friolera de más de 1142 millones de estrellas. Este catálogo es el sucesor del Tycho y del Hipparcos. El Hipparcos contenía más de 118000 estrellas, las dos versiones del Tycho contenían 1 millón y 2 millones y medio de estrellas respectivamente. Así que el de GAIA supone tres órdenes de magnitud más en esta carrera de tener el mapa más completo de la galaxia.
Pero esta inundación de datos ha sido distinta no solo por la cantidad, la calidad de los datos también se ha mejorado enormemente y también en la forma de distribución de los datos. Desde el 14 de Septiembre estos datos están disponibles para toda la comunidad científica de forma completa, libre e inmediata gracias a su publicación en Internet.

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Bueno, en realidad no se trata de que la estación orbital se dé una vueltecita por la Avenida Álvaro Domecq montada en un coche de caballos, con sus tripulantes saludando con sus manitas desde las ventanillas, como a alguno seguramente le gustaría imaginar. El paseo al que se refiere el título del artículo es, como la Estación, espacial. En el espacio sideral, ultraterrestre, pero –eso sí–, jerezano.

El caso es que mientras ayer anochecía y los habitantes de la ciudad andábamos cada uno en nuestras cosas, la Estación Espacial Internacional pasaba justo 404 km por encima de nuestras cabezas. La cosa en la que andaba el habitante que escribe ahora este artículo era –previsiblemente– tratar de capturar el momento. Y no iba a resultar sencillo, porque minutos antes de la hora esperada, un manto de nubes se había interpuesto entre la ciudad y la Estación –aproximadamente a una centésima parte de la distancia entre ambas–.

Y allí estábamos, las nubes y yo, compitiendo por cubrir el evento, cuando, apenas a cinco minutos de su comienzo –las ocho y diez serían–, se abrió un amplio claro por el sudeste, entre la Luna y Orión, justo en el sector del firmamento por el que la Estación finalizaría su paseo. Rápidamente, activé mi altamente sofisticado equipamiento de captura de imágenes astronómicas: agarré el móvil, lo apoyé sobre una baranda y apreté el botón.

Segundos después, una lucecita anaranjada se deslizaba entre las nubes: allí estaba la Estación Espacial Internacional, surcando gloriosa los jerezanos cielos. Y allí estaba también mi móvil, capturando a la vez la luz solar reflejada los paneles de la nave y la luz de las farolas cercanas reflejada en el campanario de Nuestra Señora de las Nieves.
Taken with NightCap Pro. ISS mode, 56.37 second exposure.

Taken with NightCap Pro. ISS mode, 56.37 second exposure.

El resultado es esta foto. Al final, hay que agradecer a las nubes el aportar un plus de dramatismo a la escena. La Luna, cubierta, aparece como una luz fantasmagórica a la derecha de la imagen; y las estrellas de la constelación de Orión, en la esquina superior derecha, también contribuyen a enriquecer el cuadro.

El making of se resume en tres enlaces:

iss2

Cuando escribo estas líneas, la lanzadera Discovery acaba de acoplarse a la Estación Espacial Internacional. Sólo hora y media antes, ambos artefactos, aún separados,  sobrevolaban el territorio de España, ofreciendo a quienes lo contemplábamos un espectáculo deslumbrante.

Con puntualidad astronómica, el destello de la Estación Espacial Internacional asomó por encima del horizonte del oeste, débil al principio, pues el satélite aún se hallaba sobre el Atlántico, por encima de la isla de Madeira. Mas, conforme iba ganando altura, acercándose a la vertical de nuestra ciudad, su brillo se acrecentaba. Al minuto de haberse hecho visible, cuando ya sólo Venus lo superaba en claridad, otro punto apareció en el cielo, siguiéndole muy de cerca: era el transbordador, que hacía breves horas había iniciado la maniobra de acoplamiento con la Estación.

Cercanos al cénit, estos dos luceros obra del ingenio humano surcaban lentos el firmamento azul del crepúsculo. Deslizándose en el espacio entre Perseo y Casiopea, casi rozando el Doble Cúmulo y distantes sólo algo más que el tamaño de la Luna llena, conformaban un suerte de estrella doble de inusual resplandor.

En su descenso hacia el norte, su brillo fue declinando despacio. Al sobrevolar los Pirineos, parecían mucho más juntos, no tanto por su acercamiento real (que en verdad estaba produciéndose, según se aproximaba la hora del acoplamiento), como por su mayor distancia al observador, que en aquel momento era más de dos veces la del momento de máxima cercanía.

El fulgor de los dos objetos se desvaneció al borde del horizonte apenas cinco minutos desde su orto, mientras los siete tripulantes del transbordador veían aproximarse la Estación y, bajo ellos, centelleaban las luces amarillas de las ciudades en la negrura de la Europa anochecida.

Hora y media después, a 355 kilómetros de altura sobre Australia occidental, se completaba el acoplamiento.

De camino hacia casa, emocionado aún por el evento, al autor de este artículo le vino una pregunta: ¿a qué distancia estaba el Discovery de la Estación Espacial al momento de su avistamiento? Vistos desde tierra, el espacio entre ambos no era muy superior al tamaño aparente de la Luna llena, pudiendo estimarse en unos 45 minutos de arco. Conociendo que, en el instante de máxima proximidad a la vertical de Jerez, la Estación se encontraba a 459 km de distancia en línea recta (según los datos de Heavens Above), podemos hacer el siguiente cálculo:

1. 459 km de radio corresponden a una circunferencia de 2.834 km, por aplicación de la consabida fórmula de la longitud de la circunferencia (2πr).

2. Un ángulo de 45 minutos de dicha circunferencia subtiende un arco de 8 km de longitud (2.834 / 360 * (45/60)).

De manera que, cuando la Estación estaba alta en el cielo de Jerez, el transbordador se hallaba a 8 km de ella.

Este cálculo se basa en la suposición de que ambos objetos se hallasen a la misma altura sobre la Tierra. En realidad, el Discovery estaba varios cientos de metros por debajo de la Estación, de modo que la distancia real era algo superior.

Aplicando un razonamiento análogo, y conociendo que la Estación Espacial mide 93 metros de ancho, podemos obtener que los astronautas del Discovery verían a la Estación a 8 km de distancia como un objeto de unos 40 minutos de tamaño angular aparente, es decir, algo más que el diámetro de la Luna llena. Otra cuestión sería determinar si la tenue luz del crepúsculo la iluminaría lo suficiente como para poder distinguirla.

Sea como fuere, la visión desde Tierra ya era de por sí suficientemente conmovedora.