Bueno, pues ya están aquí otra vez. Como todos los años en Agosto, ya vuelven a darnos “la tabarra” con las famosas “Lágrimas de San Lorenzo”.

Como todos ya sabeis, ni es la única lluvia de estrellas, ni tampoco las más importántes, eso sí, son las más cómodas de ver: las noches fresquitas de Agosto se agradecen tras un tórrido día, y por eso, nuestra agrupación también aprovechará para convocar a todo el mundo a contemplar el espectáculo, y de paso, compartir unas horas de confraternización entre todos.

El lugar de observación, como siempre, en lugares alejados de núcleos urbanos, puesto que la contaminación lumínica nos roba muchas estrellas. En nuestro caso, citamos a todos los miembros, y a todos las personas en general, a acudir a nuestro lugar de observación habitual: en la carretera de Gibalbín, punto kilométrico 10,5 en la carretera cortada a la derecha.

Este año también lo haremos junto con Astronomía Creativa, por lo que esperamos encontrar muchos aficionados a la Astronomía en general en dicho lugar.

La hora, pues por la noche ;-)… que no vamos a citar por el día  como ya hizo cierto periódico…. pero para concretar un poco más, decir que sobre las 22:00 horas estamos citando a todo el mundo.

Para aprender más sobre las Perseidas, recomiendo la entrada de nuestro compañero Jose Luis Muñoz, donde nos lo explicó de una forma muy clara.

Informe de observación

Las últimas lluvias habían dejado el carril aún más pedregoso. Los surcos que el agua, en su discurrir pendiente abajo, había trazado en la albariza, hacían traquetear mi coche en su  ascenso hasta la viña: cantos y guijarros durante cuatrocientos metros hacia adelante y veinticinco de desnivel.

Cuando los faros iluminaron los árboles que ocultaban la mole de la casa de campo, giré a la izquierda para entrar en su amplio patio. Recordé que Miguel estaría haciendo fotos y puse las luces de posición. Es una costumbre que nos viene de los tiempos de la fotografía química, cuando el reflejo de la luz de un coche llegando podía arruinar una hora de paciente seguimiento manual, una hora de esforzado manejo simultáneo, a dos manos, de los mandos de ascensión recta y de declinación para mantener a una estrella esquiva en el centro de la cruceta del ocular. Aunque ya no empleamos esos métodos rudimentarios, apagar los faros sigue siendo una de las reglas de etiqueta astronómica que primero te enseñan.

Paro al borde de la viña y mi coche hace el cuarto de los aparcados. Salgo y saludo. Brota la camaradería esperada. Le escuché una vez a alguien que un amigo es aquel con quien haces cosas. Me gustó la simple naturalidad de la definición. Seguramente es verdad lo de que los amigos se conocen en las adversidades, pero no menos lo es que el cariño lo hace el roce. Y es mucho lo que llevo rozado (entiéndaseme) con las tres personas que allí me esperaban: Lito, Miguel y Ali. Los reconocí primero por las voces y luego por lo poco que de sus rasgos podía distinguirse. Mientras saludo, miro arriba y, satisfecho, les digo: “está bastante bien el cielo esta noche”. Es lo que importa. A mirarlo es a lo que venimos.

Busco el mejor sitio para plantar el telescopio. Quiero tener un sur despejado y, como tenemos la casa precisamente en esa dirección, me retiro de ella tanto como puedo. Aun así, el tejado me queda a unos quince grados de altura, pero no pierdo gran cosa con ello; el horizonte sur está perdido de todas formas: la misma luz que, con cargo a los presupuestos del Ministerio del Interior, refrena las ansias de libertad de los presos de los penales del Puerto, nos tiñe de amarillo el firmamento en dirección a Rota. Ciudad que, por cierto, también nos hace bien la pascua con su alumbrado público. Como sucede en casi todas las poblaciones, más de la mitad de la energía lumínica que pagamos todos los contribuyentes se desperdicia enviándola hacia arriba.

Luego, idas y venidas al maletero del coche: mesa de camping (inolvidable el rótulo en portugués de su caja original: mesa para piqueniques -pronúnciese “piqniqsh”-); silla de planchar elevada a la categoría de astronómica; maletín que, creyéndose nacido para contener herramientas, acabó albergando material óptico; batería de siete miliamperios a la hora y, coronándolo todo, telescopio refractor computarizado ETX-70 AT designed in California pero made in China. Todo del Lidl. Sí, el telescopio, también. SI el departamento de marketing de la cadena alemana conociera de verdad el alcance de la valiosísima oferta de valor que están dirigiendo a la comunidad de astrónomos aficionados españoles, con seguridad propondrían a la dirección la apertura de una nueva línea de negocio: AstroLidl, GmbH o algo por el estilo (lo de GmbH, sepan ustedes, es la abreviatura nada menos que de Gesellschaft mit beschränkter Haftung. Si su grado de conocimiento de la lengua de Goethe es parejo al mío, péguenlo en Google y este les dirá que esta expresión neogótica quiere decir “sociedad con responsabilidad limitada”, o sea, el equivalente a nuestra S.L. Me disculparán la digresión filológico-jurídica, pero los que me conocen saben que me resulta imposible reprimirme).

Veinte minutos después, con el equipo montado y felizmente puesto en estación, comienza la fiesta.

Comienzo, al norte, por Cassiopeia (también disimularán ustedes que nombre las constelaciones en latín; es que, si no, la astronomía no me gusta tanto): la constelación ha comenzado su descenso hacia el horizonte, tomando forma de sigma (tal que así: Σ) y hay dos o tres cúmulos abiertos que quiero observar antes de que baje demasiado y se convierta en una W (ya ven, de noble letra griega a vulgar carácter bárbaro en sólo unas horas: hasta en el firmamento, sic transit gloria mundi).

Vistos los cúmulos de Cassiopeia, me vuelvo al sur para Canis Major y Puppis. Esta zona de la Vía Láctea es esplendorosa en un cielo verdaderamente oscuro. En este otro, aun iluminado por la Dirección General de Instituciones Penitenciarias y por el cabildo de la Villa de Rota, sigue mereciendo ser contemplada. M41 y M47 son cúmulos estelares grandes y brillantes: excelentes para los 17 aumentos que da el ETX con un ocular de 20 milímetros. Sin embargo, una idea cruza nuestros cerebros: si colocamos el ocular Ethos  de 13 milímetros y 100 grados de campo aparente (Miguel es su orgulloso propietario), tendremos mayor campo, y además con 27 aumentos. El único riesgo es que estamos sustituyendo un ocular de menos de 100 gramos por otro de cerca de medio kilo en un telescopio que no se distingue por su solidez. Hago un rápido análisis riesgo / beneficio y decido jugármela. Acierto. La montura altazimutal del ETX aguanta bien el peso, y el panorama a través del ocular es como asomarse a la ventana del Halcón Milenario: centenares de estrellas pululan por un campo de visión que llena toda la capacidad de la pupila.

Con este equipo, busco NGC 1981, un bonito cúmulo que tuvo la mala suerte de caer justo al lado del más observado de los objetos del espacio profundo: M42, la Gran Nebulosa de Orión. Por este motivo, nadie repara en él. Y es comprensible, porque, estando los dos en el mismo campo de visión, cuesta no desviar la vista hacia la nebulosa. Aun así, el cúmulo hace lo suyo por que el espectáculo global sea aún más fascinante, como el coro que acompaña a la diva.

Tras este, nos dejamos los ojos tratando de divisar NGC 2158, un cúmulo lejano situado a la orilla de M35. Aun con el Ethos delante del experimentado ojo de Lito, resulta ser demasiado para el ETX. Le juramos venganza para cuando volvamos con un aparato de más calibre y, ya que estamos aquí, nos regodeamos contemplando cómo las estrellas se arraciman en las entrañas de M35.

La una sería cuando el brillo de las estrellas vistas a través del telescopio comenzó a debilitarse. Normal: estamos sólo a once kilómetros del Atlántico y la penetrante humedad se condensa en las lentes. Sólo el envidiable telescopio Takahashi de Miguel, con su extenso tubo antihumedad, aguanta el tipo. Lito le coloca el calentador eléctrico a su ETX y espera a que se desempañe. Yo me limito a apuntar el tubo hacia abajo. Ali, con más sentido común, opta por una honrosa retirada.

Como hace falta algo más que vapor de agua en el ambiente para amilanarme, agarro el láser y me dispongo a identificar constelaciones. Me centro en Cancer (sin acento: es latín), esa constelación que no hay quien vea. En verdad, sus estrellas son realmente débiles. Aun así, con la ayuda del programa StarMap Pro instalado en mi iPhone (cuyo autor Dios bendiga), distinguimos sus estrellas principales: α Cancri o Acubens (del árabe Az-Zubana: pinza), Asellus Borealis y Asellus Australis (en latín, el Burrito del Norte y el Burrito del Sur; parece el título de un cuento) y Altarf. El cúmulo del Pesebre destaca a simple vista en el centro de la constelación y, tres grados al norte de este, cercano al cénit, el fulgor rojo del fiero Marte se cierne sobre nuestras cabezas. El límite visible lo encontramos en χ Cancri, con magnitud 5.1; nada mal para un cielo no precisamente limpio de contaminación lumínica. La humedad, desde luego, no restaba transparencia al cielo. Animado por ello, busco otra constelación complicada: Sextans, que se encuentra entre Hydra y Leo. Su estrella alfa tiene magnitud cuatro y medio, y su beta, cinco; como para verla. Se la señalo con el láser a Lito y a Miguel y les pongo el examen. Catean (yo, desde luego, habría sacado un cero de no tener el iPhone), pero se alegran de aprender dónde está.

Pasa el tiempo. Los equipos chorrean, pero el calentador de Lito cumple su función. Amablamente me lo presta y en unos minutos también mi ETX vuelve a servir. Pero, ya se sabe; cuando no es una cosa, es otra: las nubes altas que el servicio de meteorología de la Agrupación Astronómica Magallanes (o sea, Lito) había anunciado acuden puntualmente a su cita. Afortunadamente, nunca llegan a cubrir el cielo en su totalidad, dejándonos huecos por los que seguir atacando.

Como la labor de desempañado ha hecho que el telescopio pierda el seguimiento, y volver a ponerlo en estación me da pereza, decido apuntar a mano. Un ojito rápido a las Pléyades (siempre merecen un minuto de contemplación) para pasar a los cúmulos de Auriga. M36, M37 y M38 son tres salpicones de estrellas sobre el fondo de la Vía Láctea, muy distintos entre sí (Lito los diferencia de memoria), pero siempre espléndidos al telescopio. De Auriga me dirijo hacia Perseus buscando la asociación de α Persei y, por el camino, me encuentro con un cúmulo. Les pongo el examen a Lito y a Miguel con la desfachatez de no conocer la respuesta. Por ponerlos en el aprieto. Lito, que sabe que lo que está viendo está en Perseo y que el catálogo Messier sólo contiene un cúmulo en esa constelación, se la juega y dice que es M34. Aunque estoy seguro de que no se equivoca, lo compruebo en el iPhone. Vaya. El maestro ha fallado: M34 está al oeste de Perseo, mientras que el objeto al que estamos apuntando se encuentra al este. Busco en el mapa y el candidato resulta ser NGC 1528, un cúmulo abierto muy brillante (magnitud 6,4) y casi tan grande como la Luna llena. A un grado y cuarto le acompaña otro cúmulo ligeramente más brillante (magnitud 6,2), pero más pequeño (18 minutos de arco, frente a los 24 del anterior), dentro del cual logramos ver un simpático asterismo de tres estrellas formando un triángulo isósceles de dos minutos por uno.

Pasadas las dos, y viendo que la Osa Mayor (mis instintos me piden que la llame Ursa Maior, pero, estas alturas, me apiadaré del lector) estaba ya muy alta, localicé a ojo las estrellas que forman “los tres saltos de la gacela”, como las llamaban los antiguos árabes. Son los tres pares de estrellas denominados Alula, Tania y Talitha, nombres árabes que aluden al primero, segundo y tercer salto. Dentro de cada par, cada estrella se distingue por el “apellido” de australis o borealis. Entre “los tres saltos” y Leo, se encuentra la débil constelación de Leo Minor, que fue el último examen de la noche a mis compañeros. Me los volví a cargar y quedaron encantados de aprendérsela.

Sin movernos de la Osa Mayor, con la ayuda del mapa le apunté a Lito con el láser el lugar donde se suponía que estaban las galaxias M81 y M82. Las encontró al momento y cerramos la noche contemplando cómo gravitaban juntas en el mismo campo de visión del telescopio.

No olvidaré mencionar que Miguel estuvo realizando esforzadas pruebas astrofotográficas con su Takahashi y su Canon 500D, con unos resultados a la vez encomiables y esperanzadores, teniendo en cuenta que no realizó seguimiento alguno. Además, es de reseñar la entereza con que soportó las aceradas críticas, no siempre constructivas, del arriba firmante (¿Tirarle a Marte con ISO 12.800? ¿Se te ha ido la cabeza?).

Septiembre 09
El 22 de septiembre, a las 21:18 T.U., el Sol se sitúa en el ecuador celeste, en la constelación de Virgo, y el día y la noche duran lo mismo en todo el mundo. Se inicia el otoño en el hemisferio norte y la primavera en el sur, es el Equinoccio Autumnal.

Este mes los cielos se verán dominados hacia el norte por Pegasus y Cepheus, con Cassiopeia entre ambas. En la zona sur aparecen constelaciones más débiles, como Pices, Aquarius y Capricornus. En Aquarius podremos observar la famosa Fomalhaut, blanquiazul, una de las estrellas más brillantes del cielo nocturno, alcanzando la magnitud 1 y situada a unos 22 años luz de distancia, que nos recuerda “El ojo de Sauron”. Se piensa que es una estrella muy joven, con una edad aproximada de solo 200 millones de años.

Dominando el cielo norte se encuentran  Pegasus y Andrómeda. En Andrómeda no hay que dejar pasar la oportunidad de ver M31 con sus
compañeras M32 y M110. En Pegasus  M15, NGC 7662 (blue snowball) y para los más atrevidos el quinteto de Stephan. En  En Aquarius podemos observar dos  famosas nebulosas planetarias: La Nebulosa de la Hélice (NGC 7293), siendo la nebulosa más cercana a nosotros, y la Nebulosa Saturno (NGC 7009), la cual debe su nombre porque parece estar rodeada de anillos. Ambas nebulosas no son fáciles de encontrar con pequeños telescopios.

LOS PLANETAS

Mercurio será inobservable dada su cercanía al sol. Los últimos días del mes hará una tenue aparición en el amanecer.

Venus se observará antes de los amaneceres, aunque poco a poco irá apareciendo más cerca del amanecer.

Marte irá ganando altura y se empezará a observar un poco después de la medianoche hasta el amanecer.

Júpiter dominará los cielos, pudiéndose observar prácticamente durante casi toda la noche, ocultándose un poco antes del amanecer.
Saturno, dada su cercanía al sol, prácticamente será inobservable.

Vista panorámica del Centro Astronómico Hispano Alemán "Calar Alto".

Vista panorámica del Centro Astronómico Hispano Alemán "Calar Alto".

En todo astrónomo aficionado podemos encontrar una común actitud, que compartimos con montañeros, submarinistas, ornitólogos o espeleólogos: el asombro ante la Naturaleza.

No obstante, esa Naturaleza ante la cual nos sobrecogemos nos es con frecuencia esquiva. Unas veces nos cubre el cielo con un manto de nubes; otras, nos azota en la noche con incómodos vientos; en ocasiones, nos enturbia el aire con la humedad del ambiente o con polvo venido del desierto; y, puntualmente, durante una semana de cada mes, el fulgor de la Luna llena vela el débil destello de los cuerpos que se alojan en lo más profundo del cielo.

Aun así, el firmamento nos sigue regalando  un gran número de noches claras y serenas. Noches que, tristemente, no podemos disfrutar desde nuestras ciudades, ni desde sus campiñas, a causa de la acción del hombre: las mismas luces que hemos colocado para iluminar nuestras calles, monumentos e industrias brillan intensas bajo el cielo, ocultando a nuestra vista los tesoros de este.

En este escenario, la huida es el último recurso que le resta al astrónomo aficionado: la evasión a cielos aún no contaminados por la luz artificial, a elevadas cumbres alejadas de la urbe, donde además el aire está limpio de polvo, los vientos se sosiegan y el ambiente es más frío y seco.

En este éxodo al que se ve forzado el astrónomo aficionado en nuestros días, la Agrupación Astronómica Jerezana Magallanes se desplaza cada año al pico más alto la almeriense Sierra de los Filabres: Calar Alto, donde se ubica el Centro Astronómico Hispano Alemán, que constituye el observatorio más importante de la Europa continental. La expedición de este año tuvo lugar los días 20 al 23 de agosto, coincidiendo con la fase de Luna nueva, y contó con una dotación de seis miembros de la Agrupación y varios invitados. Con el fin de no interferir en los trabajos científicos desarrollados en el Centro, el lugar de observación elegido fue una explanada situada a 5 kilómetros en línea recta de las cúpulas. En otra explanada contigua al observatorio, la expedición trabó contacto con otro grupo de astrónomos aficionados, de nacionalidad alemana y provistos de un equipo de altísimas prestaciones, con los que se sostuvieron interesantes cambios de impresiones.

Miembros de la expedición

Miembros de la expedición

El instrumental transportado al lugar de observación consistió en el siguiente equipamiento:

  • Un telescopio reflector tipo Newton de 200 cm. sobre montura alemana motorizada, principalmente destinado a la astrofotografía.
  • Dos telescopios catadióptricos tipo Schmidt-Cassegrain de 200 cm. sobre montura de horquilla, computarizados y dotados de GPS.
  • Dos telescopios refractores computarizados de 70 cm.
  • Varios prismáticos de diseño especializado para la observación astronómica.
  • Material auxiliar habitual, como oculares de amplio campo, láseres, filtros, cámaras, etc.

En cuanto a las actividades realizadas, se relacionan a renglón seguido:

1. Observación directa:

1.1. A ojo desnudo:

1.1.1.  Identificación de constelaciones. A este respecto, es de destacar que la excelente calidad del cielo permitió a la expedición la identificación de determinadas constelaciones que, desde el habitual lugar de observación de Magallanes, ubicado en la campiña jerezana, resultan extremadamente difíciles de reconocer en su integridad. Algunas de ellas, por tratarse de constelaciones australes, que sólo ascienden unos pocos grados sobre el horizonte, y entre las que podríamos citar las siguientes: 

  • Corona Australis
  • Telescopium
  • Microscopium
  • Sculptor
  • Grus
  • Phoenix
  • Fornax
  • Eridanus
  • Caelum

En otras, su dificultad obedece a que la mayor parte de sus estrellas son particularmente débiles y, por tanto, invisibles desde cielos de inferior calidad:

  • Lacerta
  • Cetus
  • Pisces
  • Camelopardalis

 1.1.2.  Evaluación de la calidad del cielo. Al objeto de medir científicamente el grado de excelencia del cielo de Calar Alto, se emplearon dos sistemas: 

  • Estimación de la magnitud límite estelar (MALE). La medición consistió en la realización de un conteo de estrellas de una muestra de determinadas regiones de la bóveda celeste cercanas al cénit, extraído del promedio de los valores obtenidos por tres observadores experimentados a través de un recuento visual. El valor obtenido fue de 5,9, con una escasa desviación típica. 
  •  Determinación de la oscuridad del cielo en la escala de Bortle. Esta escala emplea parámetros como el MALE, la detección a simple vista de determinados objetos de cielo profundo, la apreciación de la estructura de la Vía Láctea, la visibilidad del entorno de superficie o la existencia de cúpulas de contaminación lumínica para medir el grado de oscuridad del cielo en un determinado lugar de observación. El valor estimado para Calar Alto fue de 3 sobre 9, correspondiente a un cielo rural.

La calidad del cielo obtenida mediante ambos sistemas resulta inferior a la esperada de acuerdo con las mediciones efectuadas en el estudio The Night Sky at the Calar Alto Observatory, en el que se revela que “Calar Alto es un lugar particularmente oscuro para la observación óptica”.

1.2.    Mediante prismáticos. Esta observación se centró en la observación de objetos de cielo profundo de gran tamaño, como la Nebulosa Norteamérica o la Nebulosa del Velo. El autor de este informe destaca particularmente la observación del campo delimitado por µ y ζ Scorpii, de unos 5º, en el que destacan simultáneamente, de norte a sur, la estrella doble óptica µ Scorpii, el pequeño cúmulo abierto NGC 6242, el enorme cúmulo abierto Trumplet 24 envuelto en la nebulosidad de IC 4628, el esplendoroso cúmulo abierto NGC 6231 y el asterismo formado por ζ Scorpii y sus dos estrellas adyacentes. Este conjunto, visto a través de prismáticos, forma una de las más hermosas estampas del firmamento. 

1.3.    Mediante telescopio.

1.3.1.   Observación planetaria. A lo largo de la noche, pudieron observarse, por orden de salida, los planetas Júpiter, Neptuno, Urano (visible a simple vista), Marte y Venus. 

1.3.2. Objetos de cielo profundo.

  • Objetos habituales (M13, M16, M17, M8, M20, M4, M51, M57, M22, M31, C13, C14, etc.): su observación resultó de interés para determinar las diferencias que afloran al compararlos con el aspecto que muestran en un cielo contaminado. 
  • Objetos seleccionados (C6, C15, C22, M78, etc.): se observaron determinados objetos que, en cielos más contaminados, se encuentran en el límite de visibilidad o más allá de este. 

2. Captación fotográfica. El instrumental astrofotográfico de la expedición se empleó para la realización de las siguientes actividades:

2.1.    Fotografía circumpolar.

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Fotografía circumpolar, por Sergio

2.2.    Astrofotografía mediante cámara adosada a telescopio (piggyback). Mediante el empleo de la montura ecuatorial alemana, se obtuvieron tomas del Doble Cúmulo de Perseo, la Galaxia de Andrómeda, la Galaxia del Escultor y de las Pléyades.

Doble Cúmulo de Perseo, por Sergio.

Doble Cúmulo de Perseo, por Sergio.

2.3.    Astrofotografía a foco primario. Para ello se utilizó el telescopio Meade ETX-200, con el cual se capturó, entre otros objetos, la Gran Nebulosa de Orión.

Al momento de la publicación de este post, las imágenes obtenidas están en fase de procesado. A su conclusión, serán presentadas en un nuevo post.

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Cuando escribo estas líneas, la lanzadera Discovery acaba de acoplarse a la Estación Espacial Internacional. Sólo hora y media antes, ambos artefactos, aún separados,  sobrevolaban el territorio de España, ofreciendo a quienes lo contemplábamos un espectáculo deslumbrante.

Con puntualidad astronómica, el destello de la Estación Espacial Internacional asomó por encima del horizonte del oeste, débil al principio, pues el satélite aún se hallaba sobre el Atlántico, por encima de la isla de Madeira. Mas, conforme iba ganando altura, acercándose a la vertical de nuestra ciudad, su brillo se acrecentaba. Al minuto de haberse hecho visible, cuando ya sólo Venus lo superaba en claridad, otro punto apareció en el cielo, siguiéndole muy de cerca: era el transbordador, que hacía breves horas había iniciado la maniobra de acoplamiento con la Estación.

Cercanos al cénit, estos dos luceros obra del ingenio humano surcaban lentos el firmamento azul del crepúsculo. Deslizándose en el espacio entre Perseo y Casiopea, casi rozando el Doble Cúmulo y distantes sólo algo más que el tamaño de la Luna llena, conformaban un suerte de estrella doble de inusual resplandor.

En su descenso hacia el norte, su brillo fue declinando despacio. Al sobrevolar los Pirineos, parecían mucho más juntos, no tanto por su acercamiento real (que en verdad estaba produciéndose, según se aproximaba la hora del acoplamiento), como por su mayor distancia al observador, que en aquel momento era más de dos veces la del momento de máxima cercanía.

El fulgor de los dos objetos se desvaneció al borde del horizonte apenas cinco minutos desde su orto, mientras los siete tripulantes del transbordador veían aproximarse la Estación y, bajo ellos, centelleaban las luces amarillas de las ciudades en la negrura de la Europa anochecida.

Hora y media después, a 355 kilómetros de altura sobre Australia occidental, se completaba el acoplamiento.

De camino hacia casa, emocionado aún por el evento, al autor de este artículo le vino una pregunta: ¿a qué distancia estaba el Discovery de la Estación Espacial al momento de su avistamiento? Vistos desde tierra, el espacio entre ambos no era muy superior al tamaño aparente de la Luna llena, pudiendo estimarse en unos 45 minutos de arco. Conociendo que, en el instante de máxima proximidad a la vertical de Jerez, la Estación se encontraba a 459 km de distancia en línea recta (según los datos de Heavens Above), podemos hacer el siguiente cálculo:

1. 459 km de radio corresponden a una circunferencia de 2.834 km, por aplicación de la consabida fórmula de la longitud de la circunferencia (2πr).

2. Un ángulo de 45 minutos de dicha circunferencia subtiende un arco de 8 km de longitud (2.834 / 360 * (45/60)).

De manera que, cuando la Estación estaba alta en el cielo de Jerez, el transbordador se hallaba a 8 km de ella.

Este cálculo se basa en la suposición de que ambos objetos se hallasen a la misma altura sobre la Tierra. En realidad, el Discovery estaba varios cientos de metros por debajo de la Estación, de modo que la distancia real era algo superior.

Aplicando un razonamiento análogo, y conociendo que la Estación Espacial mide 93 metros de ancho, podemos obtener que los astronautas del Discovery verían a la Estación a 8 km de distancia como un objeto de unos 40 minutos de tamaño angular aparente, es decir, algo más que el diámetro de la Luna llena. Otra cuestión sería determinar si la tenue luz del crepúsculo la iluminaría lo suficiente como para poder distinguirla.

Sea como fuere, la visión desde Tierra ya era de por sí suficientemente conmovedora.