En una oscura noche de un día de verano, como en otras tantas, Selene salió a dar un paseo por el bosque de luciérnagas de hidrógeno y helio. Caminando por el sendero con paso lento, se detuvo al ver a Saturno y Júpiter mirándola.

Artemisa presenció que una oscuridad le estaba cubriendo. Perplejos, petrificados, Júpiter y Saturno veían a la Luna perder su color plata y dorado. Nadie sabía que estaba ocurriendo.

Las Néfeles corriendo hacia Selene intentaban despojarla de esa capa negra, estirándola hacia ellas, pero era imposible.

Esa negrura parecía estar pegada a Artemisa y avanzaba a paso ligero sobre ella. ¿Estaría perdiendo su piel? ¿Se convertiría en Luna Nueva?

No podía ser – decían los terrícolas que la contemplaban desde la Tierra como si desde una grada estuvieran viendo un espectáculo.

Hoy, no era día de Luna Nueva, y sin embargo, la Luna iba ocultándose en una oscuridad andante, dejando ver algunos mares y cráteres que hacían detectar que Selene continuaba estando allí.

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