«No me creo nada. Al fin y al cabo son  geólogos y no tienen ni idea de  fauna marina».

Esa fue la incrédula respuesta que dio desde la superficie Holger Jannasch, biólogo del Instituto Oceanográfico de Woods Hole, cuando le informaron del descubrimiento que sus colegas de expedición, los geólogos John Corliss, de la Universidad Estatal de Oregón y John Edmond, del MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts), acababan de hacer en las profundidades del Atlántico.

Estos, un cálido día de la primavera de 1977,  habían descendido con el mini submarino Alvin hasta una cota a 2500 metros de profundidad. En la base de esta elevación submarina habían comenzado la  búsqueda de fuentes activas de génesis de lava, hallazgo con el que pretendían demostrar la validez de la teoría de la tectónica de placas. Antes de alcanzar la cumbre, en la falda de la colina subacuática, comprobaron con expectación que la temperatura del agua era unos cinco grados superior a los dos centígrados habituales en todas las profundidades oceánicas; esta zona de agua anormalmente cálida les hizo pensar que estaban sobre la buena pista. Tras tomar varias series de datos, subieron hasta la cima de la montaña marina con la esperanza de encontrar al fin una zona de erupción activa de lava. Su tímida esperanza se convirtió en pura excitación al descubrir un verdadero oasis de unos 100 metros de diámetro habitado por  moluscos, anémonas, gusanos tubícolas cangrejos e incluso peces de diversos tipos.  El agua caliente que se filtraba, por todos y cada uno de las fisuras del suelo marino, hacía posible aquella explosión de vida en mitad de aquel desierto gélido y sombrío. Los geólogos, a pesar de no ser expertos en seres vivos, fueron conscientes de su revolucionario descubrimiento y pasaron las cinco horas restantes de expedición recopilando datos sobre el pH, la conductividad, la temperatura y el contenido en oxígeno del agua de la zona y también tomaron  fotos y capturaron especímenes de todos y cada uno de los seres vivos que los rodeaban.

Todo les pareció insuficiente para demostrar que habían encontrado vida en uno de los lugares más inhóspitos de nuestro planeta; las frías y oscuras profundidades del océano. Hasta ese momento se pensaba que la Vida, entendida como la existencia de seres con capacidad de reproducirse, nutrirse y relacionarse con el su entorno, solo era posible en ambientes que presentaban unas condiciones determinadas, con márgenes muy estrechos de temperatura, humedad, presión y luminosidad.

Estos límites se han ensanchado vertiginosamente con  el descubrimiento de las bacterias extremófilas; seres unicelulares capaces de desarrollarse en condiciones realmente extremas de temperatura (termófilas y psicrófilas), presión (piezófilas) pH (acidófilas y alcalófilas) sequedad (xerófilas) e incluso bajo grandes dosis de radiación ambiental.

Por su interés científico y por su importancia a la hora de descubrir Vida en condiciones extremas fuera de nuestro planeta, hablaremos de cada uno de estos grupos de extremófilas en sucesivos posts.

 

El minisubmarino Alvin en la campaña de 1977

El minisubmarino Alvin en la campaña de 1977