Costa noroeste de Cádiz. Mediaba julio y no habían dado las once. A esa hora, había concluido el crepúsculo náutico, pero no el astronómico: la noche no estaba todavía cerrada y el horizonte aún presentaba tintes azulados. La Luna acababa de sumergirse en el Atlántico y, elevado sobre el horizonte sur, centelleaba Scorpio. La constelación ofrecía su mejor perfil, alta y erguida, con la roja y brillante Antares culminando en su centro y las subgigantes azules, Shaula y Lesath, refulgiendo en su aguijón. El hongo de contaminación lumínica de la cercana Rota no llegaba a ocultar del todo la nube estelar del centro de la Vía Láctea (en el centro del borde izquierdo de la imagen), ni la Nebulosa de la Laguna (justo por encima), ni el brillante cúmulo de Tolomeo (a la izquierda de Shaula).

Aunque la estampa merecía mejor instrumental, no tenía a mano más que una pequeña cámara compacta. Rápidamente, la coloqué en el trípode, ajusté tiempo y sensibilidad de exposición (15 segundos a ISO 1600), y al tercer encuadre salió la imagen que protagoniza este post. Tras un poco de reducción de ruido, manipulación de capas y niveles, el resultado finalmente quedó aceptablemente presentable y, sobre todo, muy cercano a la experiencia visual de aquel momento.

Scorpio culminando

Mi reflexión es que la astrofotografía no es más que una afición y, como tal, debe ser, ante todo, gratificante. A mi entender, el empleo de costosos telescopios, pesadas monturas, cámaras vanguardistas, complejas aplicaciones y largas sesiones de procesado sólo se justifican si el resultado es verdaderamente excepcional. Imágenes como esta, sencillas, sin grandes pretensiones, tomadas de manera informal, sin preparación alguna y con un instrumental muy modesto, pueden llegar captar con razonable fidelidad  la grandeza del firmamento tal como la percibe un observador a ojo desnudo. Y con eso y unas letras en el blog, uno se va a su casa contento, que es lo que se busca cuando se cultiva una afición.

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