chicolisto_1_dchaRaúl abrió la puerta del aula y dos individuos trajeados alzaron la mirada hacia él sin decir palabra.

-Me han dicho que preguntaban ustedes por mí –casi murmuró, finalmente, algo intimidado.

-En efecto –contestó el hombre más alto-. Su tesis doctoral ha despertado el interés del servicio de inteligencia y nos han enviado para saber algo más del tema. Pero adelántese.

El servicio secreto. Alucinante. Entonces esos hombres debían ser algo así como… espías. Raúl avanzó entre los bancos corridos hasta el estrado donde se encontraban, sin dejar de mirarles, y el alto le indicó con la mano que se sentara en la primera fila, frente a ellos.

-El decano –comentó Raúl- me ha dicho que esta entrevista era reservada. ¿Tengo que guardar el secreto? Lo digo para saberlo, porque si no, ya sabe, me gustaría contarlo a mi novia, y a mi familia y eso, y no sé, a lo mejor podría meterme en un lío, y yo no…

-Podrá usted contar esta entrevista a quien quiera –respondió el alto-. No es tan secreta.

-¿Ah, no? –y una parte de emoción se desvaneció, aunque aun sobraba bastante.

El hombre más bajo despegó la espalda de la pizarra, avanzó por el estrado, bajó y apoyó las manos a ambos lados de Raúl, que se encogió en el asiento.

-Lo que queremos ahora –dijo en un pretendido tono amistoso, traicionado por unos brazos que cercaban la presa- es que nos comente ciertos aspectos de su tesis.

El alto descendió también del estrado, posó su mano en el hombro de su compañero y éste retiró el cerco, incorporándose. ¿El poli bueno y el poli malo? Raúl ya había visto ese truco en las películas. Pero debía admitir que, aunque fuera un truco, funcionaba, porque estaba empezando a sentir miedo.

-Eso es –dijo el alto, relevando a su compañero en la entrevista. ¿O interrogatorio?-. Cuéntenos, en extracto, la parte de sus cálculos que se refiere a las posibilidades de viajar a otros planetas en busca de vida inteligente.

-Sí, bueno… No sé qué quieren saber exactamente.

Raúl carraspeó y volvió a acomodarse en el banco una vez más. El hombre alto se sentó a su lado, apoyó un codo en el respaldo y cruzó los dedos de las manos, dispuesto a escuchar. Esa predisposición hizo que Raúl se sintiera más cómodo. Se volvió hacia él, dando la espalda al hombre bajo, y se dispuso a hablar de su tesis, lo que aumentó unos gramos su seguridad en sí mismo.

– En resumen -comenzó, pues- vengo a avanzar soluciones a la principal dificultad, que consiste en que esos planetas… están muy lejos. En principio demasiado lejos.

-¿Ah, sí? –se preguntó el hombre alto- ¿Y eso por qué? Hemos mandado hombres a la Luna. Hemos posado naves en Marte. Otras han cruzado el sistema solar. ¿Dónde está la dificultad?

-Me explicaré. Nuestros vehículos espaciales viajan a una velocidad media inferior a los 50.000 kilómetros por hora.

-No me parece una mala velocidad –replicó el hombre bajo, mientras curioseaba por la sala.

-No está mal, claro. Pero hablamos de kilómetros por hora, y deberíamos pasar a otra escala de velocidades más alta para comprender el problema.

-Estoy dispuesto a dar el salto, joven –dijo el alto-. Ilústrenos.

-Somos todo oídos –apuntilló el otro, parado ante la foto de un profesor clavada en la pared. Y añadió misterioso: “Para eso nos ha enviado el Gran Jefe”.

-Está bien –se decidió Raúl-, vamos allá: hemos llegado a la Luna y a Marte, es verdad, y conocemos ya bastantes cosas acerca de los demás planetas del sistema solar. Sabemos de ellos que no contienen vida ni son aptos para ella. Por ejemplo, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno no son más que inmensas bolas de gas.

-Vaya, ¿has oído eso, Molina? –el alto giró sonriendo hacia su compañero.

-Saunas gigantes –contestó éste palpándose la panza-. No me vendría mal una temporadita allí para rebajar esta.

Ambos rieron, y justo cuando Raúl comenzaba a enojarse por lo que consideró una falta de respeto hacia su explicación, ambos hombres callaron y exigieron con su silencio que el joven prosiguiera. Así que prosiguió.

-Tenemos, pues, que buscar la vida en otros sistemas planetarios. Sistemas con un sol capaz de generar vida. En definitiva, debemos viajar a otras estrellas.

-Supongo que eso complica el asunto –señaló el hombre alto, que se ayudaba a pensar toqueteándose la corbata-.

-Y tanto –continuó Raúl ya lanzado-. Es ahora cuando necesitamos cambiar la escala de distancias. Esos 50.000 km/hora de los que hablábamos antes significan que nuestras naves pueden recorrer 1 segundo/luz (300.000 kms.) en 6 horas. Por tanto recorrerán en un día 4 segundos/luz; en 15 días un minuto/luz; y en 900 días una hora/luz. ¿Me sigue?

-Hum, más o menos.

-Me vale. Tardaríamos 21.600 días en hacer un día/luz; y por fin, 21.600 años en recorrer un año/luz.

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-¿Y a qué viene tanto vuelo?

-Pues viene a que después del Sol, que está a unos míseros 8 minutos/luz, la estrella más cercana a nosotros, llamada Próxima Centauri, se encuentra a nada menos que 4,2 años/luz de distancia. Y ¿cuánto duraría el viaje?

-Usted es Pitagorín, dígamelo.

-Pues duraría más de 90.000 años. Y ello no quiere decir que Próxima Centauri tenga planetas girando a su alrededor, y mucho menos que contengan vida. Seguramente tendríamos que seguir buscando en estrellas más lejanas.

-Ya veo.

-Y este es, en resumen, el problema, complicado además por los efectos derivados de viajar a velocidades mucho mayores que las actuales.

-Efectos como…

-Como la distorsión de la masa de la nave, o la deformación del tiempo que transcurre en la nave con respecto al tiempo que transcurre aquí en la Tierra.

-Con lo del tiempo me he perdido. ¿Y tú, Molina?

-Ya te dije que no me trajeras –respondió el bajo-.

-No importa –interrumpió Raúl, empeñado ya en terminar su explicación como fuera-. Para entendernos, la teoría de la relatividad predice que el tiempo transcurre más lento dentro de la nave en marcha que en la Tierra. De manera que si regresara a la Tierra en esta habrían pasado más años que en la nave. La nave habría viajado al futuro.

-Es… la releche –sentenció el alto-.

-Exagerado de creer –matizó Molina, ya regresado de su paseo por el aula. Ahora permanecía plantado muy cerca de Raúl, con las manos en los bolsillos del pantalón. De nuevo su mera presencia hostigaba-. ¿Y qué más?

-Pues, como les decía, avanzo soluciones a estos problemas: cómo aumentar en el futuro la velocidad de nuestras naves, controlar la distorsión de masas y evitar la brecha temporal del viajero con respecto a la Tierra. Todo ello mediante el hipotético empleo de los que ya otros antes ha denominado corredores rápidos, en los que la luz podría viajar a mucho más de 300.000 kilómetros por segundo, y en cuyo interior una nave puede hacerlo también sin acercarse al límite de la velocidad de la luz y por tanto sin distorsiones espaciotemporales.

El hombre alto seguía jugueteando con su corbata. No miraba a Raúl, pero seguía pendiente de él.

-¿Puedo hacerle algunas preguntas más? –dijo al fin.

-Para eso les ha enviado… el Gran Jefe, ¿no?

Raúl pronunció las últimas palabras con sorna. No miró, pero sintió cómo Molina dejaba de sonreír y sacaba las manos de los bolsillos, molesto.

-Díganos –prosiguió el hombre alto-: ¿concluye, pues, que el viaje sería tan largo que no tendría retorno?

-Entre otras cosas, sí.

-¿Y qué harían los viajeros al llegar a un mundo habitado por seres inteligentes?

-Pues no lo sé. Supongo que serían atrapados por ellos y estudiados como fenómenos. Al menos eso haríamos aquí con hombrecitos verdes de visita. ¡Ja, ja, ja!

Los hombres trajeados no rieron. Al contrario, sus caras eran dos sombras. A Raúl se le cortó la risa, sin entender nada. ¿Qué coño de entrevista era aquélla? ¿A qué venía? Ya se estaba hartando. Esos dos podían coger y…

-¿Qué cree usted que deberían hacer entonces? –insistió el hombre alto- ¿Cuál sería el plan previsto?

-¿Plan? No lo sé. Supongo que algo habrían pensado los directores de la misión. Alguna forma de protegerles.

-¿Cuál?

-¡No tengo ni la más remota idea! ¡No se ha dado el caso! Oigan, tengo cosas que hacer, ¿saben? Tengo que… Bueno, no sé, estas preguntas se salen de mi campo.

-¿Cree que ese encuentro no podría ser amistoso, entonces? ¿Que los viajeros se verían obligados a defenderse? ¿O incluso a apoderarse de esa civilización?

-Ya le digo que no lo sé. Aunque no hace falta repasar mucha historia para saber que a los humanos nos gusta ser los que mandan. Algún malnacido tendría pensado algo para dominar a los E.T., naturalmente. Ya nos conocemos.

-Pero, incluso enviando muchas naves, serían muy pocos para dominar a una raza alienígena entera.

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-Sí, claro. Primero tendrían que camuflarse de alguna forma entre ellos, aprender su cultura y sus medios de defensa, ocultar las naves de su vista… Actuar desde la sombra, como en la resistencia.

-Preparar el camino para cuando pudieran lanzar una ofensiva en serio, ¿no es eso?

-Eso es. No sé si estaría bien, pero seguro, sí, así sería.

-Ya veo. Ahora suponga que la raza alienígena ha llegado a un grado de desarrollo tecnológico que permitiera a sus científicos darse cuenta de esa posibilidad y preparar en consecuencia un plan de contraataque; un, digamos, servicio de contraespionaje o algo parecido.

-Pues entonces… deberían eliminar a esos científicos, retrasar ese momento. Prevenir antes que rascar. Y acelerar los preparativos de la gran invasión.

-Sí, eso pensábamos también nosotros, ¿verdad, Molnhx?

-Por supuesto, Ferndolhx.

FIN

Texto: Avelino Sáez Hernández

Dibujos: Miguel Ángel Sáez Hernández

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